jueves, 6 de marzo de 2008

Con los pies en el suelo

Salgo a la calle y empiezo a caminar, miro hacia el asfalto y deseo con fuerzas que mis zapatos pisen un suelo de otra latitud, pero no es así. Deseé poder tener la opción de comprarme un billete barato y rápido y que existiera un viaje que durara un par de horas solamente. Que fuera así de sencillo.
Hacía frío y me abrigaba un plumífero. Deseé que el sol fuera del trópico y me quemara la piel. Pero el viento me helaba la cara y me despertó de mi fantasía. Pasé por la estación y vi a ese grupos de chicas que llevaban de la mano sus maletas, mientras pasaban por el suelo de ladrillos cuadriculados emitían el ruido proveniente del roce de las ruedecillas contra ellos. Y se formó un eco en mi cabeza que se mezclaba con la música que escuchaba con mi reproductor. Pero no era posible. Así que tuve que conformarme con llegar a casa, que estaba sola y sin nadie quien recibiera mi llegada con un hola. Nadie que me abrazara mientras me tumbaba en la cama. Alguien que esperara pacientemente por si llegado el momento mientras me abrazaba, rompiera a llorar o me quedara simplemente en silencio. Y así me quedé sin emitir sonido mientras seguía escuchando música hasta quedarme dormido sabiendo que nadie iba a llamar ni a llegar. Sabiendo que yo no podía ir a ningún sitio.

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